México, el Árbol de los Mil frutos

Pensar, evaluar y vivir el mundo. Las humanidades a debate. José Antonio Robledo y Meza Tel: 2223703233 robledomeza@yahoo.com.mx

“Ser educado no es haber llegado a un destino; es viajar con una manera diferente de ver el mundo y la vida. Lo que es necesario no es la preparación febril para algo que está por delante, sino trabajar con precisión, pasión y gusto en lo valioso que está a nuestro alcance”. R.S. Peters en Educación como Iniciación

 

 

¿Formar mentes o formar profesionales? ¿La formación profesional un peligro intelectual? ¿Formar una mente libre o subordinada? ¿Formar mentes como herramientas o como potenciales detonadores de la creatividad? ¿Formar mentes para facilitar la realización de tareas mecánicas que sólo requieren del uso de una “correcta” energía, mentes consideradas como utensilios útiles para realizar labores rutinarias o mentes que estén formadas para realizar actividades que no se les enseñó hacer?

 

 

 

Las preguntas anteriores me surgieron al reflexionar sobre las palabras dichas en 1910 por Woodrow Wilson, director de Princeton, quien dirigió un discurso en Madison, Wisconsin, a la Asociación de Universidades Americanas; en ese discurso planteó: “Toda especialización, incluida la formación profesional, es nítidamente individualista en su objetivo... El objetivo... es el interés particular de la persona que busca esa formación”. Manifestaba que dicha exclusividad era “el peligro intelectual y económico de nuestra época”: un peligro intelectual porque el individuo que sólo así ha sido formado es una herramienta y no una mente, y un peligro económico porque la sociedad requiere de mentes y no sólo de herramientas. Wilson consideraba que “para cuando un hombre llega a la edad en que su hijo puede asistir a la universidad, está tan inmerso en una especialización que ya no puede entender el país ni la época en que vive”. Por ello -decía Wilson- la tarea de la universidad (debía ser) re-generalizar cada generación a medida que apareciera”.

 

 

 

 

Estamos hoy en el año 2016, ciento seis años después del discurso de Wilson y, por lo tanto, debemos admitir que las condiciones han cambiado. Si esto es así, entonces debemos admitir que las preguntas anteriores son irrelevantes porque debemos admitir que las universidades deben limitarse a la formación profesional, formar mentes que sirvan como herramientas para realizar labores bien especificadas en los manuales correspondientes. Admitir que es correcta la propuesta de concebir a quien enseña ya no un “maestro” sino un “facilitador del aprendizaje” y al aprendiz una herramienta solo capaz de hacer lo que está definido como “correcto”; admitir todo esto sin detenerse a pensar en que significan los conceptos de “enseñar”, “aprender” y “contenido” de la enseñanza-aprendizaje.

 

 

En una facultad como la de FyL ¿es pertinente preguntarse a qué está obligada la comunidad en la formación de los jóvenes? ¿Sigue siendo válido sostener que el paso de los jóvenes por la universidad debe ayudarles a adquirir saberes que les permita orientar el pensamiento y la conducta a largo plazo, les permita su refinamiento y la posibilidad de embellecer su vida?

 

 

En una facultad como la de FyL ¿es pertinente preguntarse a qué está obligada la comunidad en la formación de los jóvenes? ¿Sigue siendo válido promover saberes que permitan reconocer la bondad, la belleza y la calidad intelectual de los productos humanos? En otras palabras, ¿qué el tránsito por la universidad les ayude a transformarse en personas educadas, i.e., en personas cuya mente y cuya conducta exhiban conocimiento y comprensión, sentido de responsabilidad, consideración hacia lo demás,  adquisición de una conciencia crítica?

 

 

Si la pretensión de las humanidades es formar personas educadas ¿deben cultivarse las humanidades como parte de la formación de los jóvenes en la BUAP?

 

 

Como puede verse son innumerables los “objetivos de la educación” que pueden considerarse. ¿Cómo elegirlos? Necesitamos criterios para hacerlo. Así pues pasemos a reflexionar sobre tales criterios.

 

 

En primer lugar está el criterio epistemológico o de comprensión de los principios. Una persona educada es alguien que no sólo es capaz de realizar una actividad particular, como la abogacía o la investigación o el fútbol, sino además, es capaz de realizarlas por lo que es ella misma (la búsqueda de la verdad por ella misma, hacer algo por lo que tiene de encomiable, hacer algo de la mejor manera posible), a diferencia de cultivarla por algo a lo que podría llevar: riqueza o prestigio, por ejemplo. Pero esto no es suficiente ya que es necesario que el hombre educado posea un conjunto de conocimientos y algún esquema conceptual que eleve esos conocimientos por encima de una serie de datos inconexos. Lo cual implica comprender los principios para poder organizar los datos, tal y como lo hacían Sherlock Holmes, Guillermo de Baskerville o el viejo detective de la película Seven, William Somerset. Tampoco basta estar bien informado sino también tener alguna comprensión del “por qué” de las cosas. Es necesario un desarrollo profundo del conocimiento y de la conciencia. Todo esto es necesario pero no suficiente. Así que pasemos al segundo criterio.

 

 

 

El segundo criterio para reconocer a alguien educado es el criterio sistémico. Alguien, por ejemplo, podría ser un abogado o científico bien preparado y sin embargo negarnos a llamarlo un hombre educado. ¿Por qué? No lo hacemos porque la ciencia carezca de valor intrínseco, tampoco porque al hombre no le importe la ciencia, o porque no comprenda sus principios, entonces ¿cuál es su limitación? Su limitación se muestra en su unidimensional especialización y en su incapacidad para conectar lo aprendido con muchas otras cosas –el teatro, la música, la poesía, etc.- que le permitan captar una estructura coherente de la vida. La función principal de este principio sistémico es descartar un especialismo estrecho, más que la de sugerir requisitos positivos.

 

 

Finalmente podemos formulas un tercer principio y es el criterio praxiológico. Un hombre puede estar bien informado pero sin embargo no lo calificaríamos de educado. ¿Por qué? Estar educado implica que la manera que un hombre tiene de ver y entender el mundo ha sido transformada por los conocimientos adquiridos. Gracias a lo aprendido transforma el mero vivir en cierta calidad de vida. Pues la manera de vivir del hombre depende de lo que ve y entiende. En la universidad hay actividades concentradas en la literatura, la ciencia, la historia que poseen mucho contenido cognoscitivo, pero la persona educada no es simplemente la que sigue dedicándose a tales actividades cuando sale de dicha institución, sino aquella cuya gama total de actos, reacciones y actividades se han ido transformando gradualmente al profundizar y ampliar su comprensión y sensibilidad. Y este proceso no termina jamás.

 

 

 

Hace algunos años un joven estudiante de derecho, que llamaré Paco, formulaba una serie de preguntas en un seminario organizado para adiestrarnos en el arte de preguntar. En ese entonces participábamos cinco personas y ahora quiero compartir con ustedes tanto las preguntas como algunas de las respuestas ensayadas por el grupo.

 

 

Como joven y estudiante que soy –decía Paco- ¿puedo reclamar el derecho a tener una formación que me permita orientar el pensamiento y la conducta a largo plazo? ¿Puedo, a la institución a la que pertenezco, demandar como derecho para que se comprometa con el desarrollo de mi capacidad de comprensión? ¿Estaré exigiendo demasiado si pido a mis maestros me ayuden a adquirir criterios para reconocer lo excelente y duradero, para desarrollar el sentido crítico, el sentido de las virtudes ciudadanas y valores ideales, la simpatía por el trabajo bien hecho de un hombre dondequiera que se haya realizado, para reconocer la sabiduría? ¿Tendría sentido demandar la posibilidad de conjuntar las experiencias indirectas –por medio de lecturas, audiciones musicales, proyecciones de películas, visita a museos, etc.- con las experiencias que directamente me proporcione la vida? ¿Seré racional si exijo que al terminar mis estudios haya logrado tener una mente disciplinada y mejor organizada, capaz de inquirir y distinguir lo falso de lo verdadero y los hechos de la mera opinión; tener una mente formada y capacitada para escribir, leer y calcular, una mente atenta al mundo y abierta a cualquier buena influencia, aunque sólo sea por estimular mi curiosidad, una mente que me permita seguir desarrollando formas de pensamiento y sentimientos? ¿Estaré fuera de lugar si exijo una formación vinculada al desarrollo del método de la discusión que supone un intercambio dirigido y disciplinado, que se caracteriza por el orden y la secuencia lógica? Y finalmente, ¿no seré un iluso si demando una formación que me permita tener un cuerpo de conocimiento, un lenguaje común y la habilidad para conversar y exigir que se concrete el principio de “pensar bien para vivir mejor”, para con ello ser un ciudadano comprometido con la construcción de una buena sociedad y una buena vida?

 

 

Hoy ese joven es ya un profesional pero continúa manifestando entusiasmo por incluir en la formación de los universitarios el contacto con las humanidades. Yo preguntaba en aquellos momentos -cómo lo hago ahora con ustedes- ¿por qué es necesario o al menos recomendable el estudio de las humanidades en la Facultad de Derecho de la BUAP? Señalo que son varias las preguntas que se derivan de la pregunta formulada y que es necesario responder antes: ¿Qué son las humanidades? ¿Cómo deben enseñarse y aprenderse? ¿Cuál debe ser el propósito de su estudio?

 

 

Durante algún tiempo se consideró que las humanidades (del latín humanitas) eran las disciplinas relacionadas con la cultura humana, con los estudios clásicos –arte y cultura de la Antigüedad grecorromana-. Las humanidades eran consideradas distintas a las disciplinas profesionalizantes y entre aquellas estaban la filosofía, la filología (lingüística, semiología, literatura, historia de la literatura, crítica literaria), la historia, la geografía, el derecho, la economía, la ciencia política, la antropología, la sociología, los estudios de arte –artes plásticas, artes escénicas, música, musicología, teoría del arte, crítica de arte, ciencias de la comunicación periodismo, publicidad, documentación, biblioteconomía-, etc. Se decía que las humanidades eran las disciplinas que estudian al hombre y su comportamiento en la sociedad eran las ciencias del espíritu frente a las ciencias centradas en la materia. Este divorcio existente entre ciencias materiales y ciencias del espíritu se intenta superar hoy día con, por ejemplo, la teoría del constructivismo. Hoy se plantea que las humanidades son el medio para que los humanes desarrollemos autoconciencia y que la mejor forma para desarrollar esta autoconciencia son los estudios del lenguaje y las matemáticas ya que desarrollan las inteligencias compartidas por todos los humanes. Edgar Morin ha señalado que la formación de la ciudadanía terrestre pasa por la enseñanza de la condición humana; esta condición puede estudiarse mediante triadas: cerebro-mente-cultura, razón-afecto-impulso, impulso-sociedad-especie.

 

 

 

Si tomamos a las humanidades en su sentido amplio el término se refiere fundamentalmente a la literatura e incluso, en un sentido más amplio, al estudio de las grandes obras maestras en prácticamente cualquier campo de la actividad humana. La literatura que se compone de obras literarias y trata en gran medida con obras maestras en dónde se encuentran los logros humanos en todos los campos del saber, se reconoce como parte de las humanidades sobre todo si no sólo se estudian como “logros” sino como resultados de procesos que involucran la generación de preguntas y los intentos de respuestas que incluyen el ensayo y el error, esto es, como logros históricos; las humanidades son también la historia y filosofía de la ciencia, donde se estudia la creación científica como parte de la biografía y la historia cultural humanas. Dice Jacques Barzún en Adiós a las humanidades “La criba de la creación humana: a eso debemos referimos cuando hablamos de humanidades.”

 

 

En la facultad de Derecho no hay duda de que se estudia el derecho con un enfoque vocacional o profesional, i.e., se reproduce un conocimiento práctico; pero existe también la posibilidad de realizar estudios del derecho para refinar la condición de los estudiantes y futuros profesionales. Un obstáculo que hay que superar es la confusión existente entre los dos usos del término conocimiento: el que sirve a un propósito inmediato y el que orienta el pensamiento y la conducta a largo plazo.

 

 

En la FFyL ¿cuál es el enfoque de sus planes de estudios especialmente en el colegio de filosofía? ¿Cómo se concibe al profesional de la filosofía? Si hay algo que debe caracterizarlos está muy lejos de lo que el día de hoy ocurre.

 

 

Hoy día todas las instituciones están involucradas en la doble empresa de satisfacer la demanda social de profesionales y la demanda académica de especialistas. Los compromisos con las nuevas generaciones no deben quedar en objetivos tan chatos.

 

 

 

Puebla, Pue. 10 de mayo 2016

Paseo de las Fuentes

 



Escribir comentario

Comentarios: 0